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Exposiciones: Eduardo Martín del Pozo

Eduardo Martín del Pozo

Sábado, 20/Febrero/2021
Sábado, 10/Abril/2021

Artistas

Eduardo Martín del Pozo Curriculum




De todas las entradas que conforman el Tractatus de Wittgenstein hay una - “Seguramente hay lo inexpresable. Éste se muestra”- que desde la  primera vez que la leí siempre he pensado en ella como posible paradigma de una variante de la representación pictórica, la que por comodidad histórica y semántica hemos dado en llamar o calificar de abstracta, entre otras posibles definiciones, y siendo conscientes que incluso la más aproximada enunciación de esa realidad artística nunca lograría, a modo de axioma, dar con una absoluta precisión de las cualidades formales, mucho menos conceptuales, de ese universo abstracto, y de esos imprecisos e indeterminados límites territoriales. De ahí que la ambigua frase del filósofo vienés -quizá más idea o dictum que frase- nos sirva plenamente, incluso haciendo de la necesidad virtud en su delicado y misterioso enigma, para mejor pulir la lente con la que contemplaremos las pinturas de Eduardo Martín del Pozo.

Iniciada la serie de estas telas en el 2019 (y sabemos, por puro padecimiento, la situación vivida desde marzo del pasado año que a todos nos ha afectado), su contemplación nos depara una doble experiencia sensible: la cualidad táctil que nos llega por medio de una mirada activa (te invitan a trazar un recorrido privado en la recepción del nada estático gesto pictórico), y la consideración de una rara cualidad sonora que parece surgir, a modo del choque entre placas tectónicas, de los continuos desplazamientos de la mano para establecer una cierta partitura gestual y pictórica que es la causante del ruido que surge con los mismos colores del teclado de un piano: blancos tan sucios como marfileños, negros de inquietante y voluptuosa presencia, grises de arrogante y alquímica aparición. Estos dos argumentos citados -lo tangible sensual que la mirada recoge, y el profundo sonido, música otra, que las masas de color provocan en el enfrentamiento entre ellas- serían los dos principales elementos que estructuran el decir pictórico del artista. Unidos ambos argumentos conforman el clásico inicio de las antiguas narraciones, pero sustituyendo el “Érase una vez por “Algo va a suceder”. O lo que es lo mismo: Seguramente hay lo inexpresable. Éste se muestra…

Toda pintura, indefectiblemente, es una piel, y especialmente la que se afirma en la defensa de esa piel abstracta (Paul Valéry: “Lo más profundo es la piel”). Ahora bien, y debido precisamente a la misma riqueza y variedad de la práctica pictórica, esa piel, o epidermis o tegumento, jamás se auto presenta en la obra de Eduardo Martín del Pozo con un mismo discurso estético, pues desplaza la singularidad de cada pintura a establecer el diferencial mínimo existente en toda forma o gesto equivalente. Incluso para el propio creador, y de una manera tan sutil como imperceptible, varía la profundidad y densidad de ese cuerpo pictórico, de esa plural membrana, más poderosa cuanto más fina y delicada, o cuanto más brutal y expresiva. Son pinturas que se manifiestan por medio de una referencialidad que únicamente a ella misma pertenece –podemos asumir determinadas pasiones, gustos, amores y querencias, incluso de inteligente filiación, pero no en el sentido laxo y reduccionista de “influencia”-, pues también las mismas telas nos remiten a una grave y muy meditada autorreflexión sobre el Tiempo -o sobre la música que es tiempo, arte que Eduardo frecuenta, al igual de quien escribe este texto, desde la más absoluta necesidad. 

La referencia temporal nos parece muy importante y apropiada en la medida que estas pinturas/tiempo se despliegan en una revelación creativa sin más añadidos que la pura manifestación de su “ser en el tiempo”, necesario encaje para experimentar la extraña y fascinante epifanía visual que las mismas nos deparan, incluyendo ciertamente la rara expresividad sonora y geológica de las formas (o notas, en su sentido musical) que surgen en el plano pictórico. Es posible que quienes se acerquen a ver y sentir, en una cierta escucha del gesto observado en estas obras, podrán experimentar una posible y compleja conciencia de tiempo suspendido mientras transcurre la demorada y absorbente contemplación de unas pinturas que, en la pura abstracción de su aparecer, nos sitúan ante una referencialidad histórica de imposible certificación, de tan seductoramente sublimada y estilizada que se encuentran esas pasiones y querencias estéticas (nadie nace por generación espontánea, y los artistas mucho menos), pero que, insisto, son como deudas íntimas del creador consigo mismo, si bien, naturalmente, todo hacedor de formas simbólicas posee la capacidad de hacer íntima cualquier realidad procedente de un exterior con la natural alquimia de su trabajo.

Seguramente hay lo inexpresable. Éste se muestra… En el mismo ensayo de Wittgenstein en el que aparece esta frase, y ya citado, leemos esta otra entrada: “Lo inexpresable está siempre contenido en aquello que es expresado”. Naturalmente está haciendo referencia a los límites del lenguaje, pero esta afirmación podemos perfectamente utilizarla dentro de los límites (¿los hay, existen?) en los que, indefectiblemente, la abstracción pictórica establece y desarrolla su propio discurso creativo. La pintura de Eduardo Martín del Pozo es un sofisticado ejercicio artístico donde formas, signo y significado, se abren en el territorio de aquello que no por “inexpresable” no debe ser “expresado”. Bien al contrario, pues esa imposibilidad es lo que provoca el afirmativo decir de todo aquello que es, en puridad, una representación de lo irreconocible. Y es en este punto, algo así como el sonoro vacío de un hemistiquio entre dos versos, cuando la pintura de nuestro artista inicia su segura andadura por el hermoso espacio donde Algo va a suceder… Es el mismo territorio donde nos encontramos con “La ineluctable modalidad de lo visible”, frase con la que James Joyce inicia en soberbia obertura lingüística y musical la trama gigantesca de Ulises. ¿Acaso puede haber algo más sensualmente “abstracto” que lo que contemplamos, así sucede en el estado amoroso, con la ineluctable modalidad de lo visible?

 

Luis Francisco Pérez
Madrid, Febrero 2021 



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