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Andrés Fernandez "Estados ocultos de nuestro mundo"

Viernes, 14/Diciembre/2018 Viernes, 21/Diciembre/2018



La obra de Andrés Fernández conforma todo un sistema de dibujos, mapas y listados en que, junto a una exhaustiva recogida de datos de la realidad exterior, despliega sus visiones de los misterios del mundo, “Los estados ocultos de nuestro mundo”. Un compendio de creencias y vivencias puestas a discurrir simbólicamente, en las que tiene un lugar especial el nacimiento, su propio nacimiento. 

Y así, de entre los innumerables mapas realizados por Andrés, llaman especialmente la atención los mapas del “Canal del Parto”. Mapas que describen los lugares que recorre el canal hasta el nacimiento, en una trama difícil de descifrar por la superposición apretadísima de elementos y niveles de naturaleza y origen aparentemente distintos. La impresión es la de haberse comprimido en un único plano un mapa que comprende múltiples capas o dimensiones, en el intento de aunar una creencia, amalgama de  muchas creencias, que contempla la venida desde “el fondo oscuro”, “París”, “Sumatra”, el “mundo de los videojuegos”, o desde el Universo  entrando en la Tierra por el “Sistema Solar”, pasando por 58 ciudades de todo el mundo hasta llegar a Madrid, y finalmente por la línea de metro a la maternidad de Ríos Rosas, donde él mismo nació. 

En estos mapas, nos encontramos siempre con un misterioso lugar, la “Estación Cundinamarca”. Su presencia es constante, tanto que muchas veces es el primer elemento que identificamos. Así, en cuanto vemos el esquema de la Estación con sus cuatro cajas negras en fila, ya sabemos que estamos frente a un mapa del “Canal del Parto”.

Además de localizarla en los mapas, Andrés la ha dibujado una y otra vez. Siempre la misma escena con idéntico punto de vista e idénticos elementos: en el centro cuatro “máquinas negras”, en la pared de la derecha varias puertas, una de ellas con el rótulo “almacén”, en la pared de la izquierda tres “cuadros antiguos” de una “Virgen”, “dos espadas cruzadas”, y un “basto”, y al fondo un “cuadro de luces” y una “fuente de agua congelada”.

Suspendida en una maraña de líneas entrecruzadas provenientes de sitios remotos, rodeada de un mar de regiones y elementos en que se mezclan imágenes poéticas de resonancia mística: “la barca que vuela al amanecer”, “las montañas azules”, “la carretera cortada”, “el pájaro que sobrevuela el canal”..., con otras de la realidad más prosaica: “extintores”, “pozos de mal olor”, “alcantarillado”... y atravesada por el “canal del parto”, la “Estación Cundinamarca”, se vislumbra como una estación de paso obligado antes de nacer, estancia de entrada a este mundo anterior al nacimiento.

La experiencia de paso por Cundinamarca, ¿imaginada, soñada, vivida?, es concreta y precisa a la vez que oscura y misteriosa. En un escrito de Andrés leemos: “Yo estuve en esa estación al venir de la isla de Sumatra por Indonesia.” “Esa estación estaba por las últimas casas de Madrid al pie de un descampado grande y oscuro.” “Se entraba por un almacén de paquetería”, y “el edificio era bajo, de color negro y sin ventanas”, con “una llama luminosa como si estuviera encendida y ardiendo de color roja”.

El empeño de Andrés, hasta hace poco secreto, y siempre solitario, deja adivinar una geografía visionaria recibida o inventada. Una cosmogonía ofrecida con total inocencia y honestidad, trasluciendo un sentir común a todo ser humano desde siempre: sentirse dentro de algo, que la poesía tiene por encargo revelar convirtiendo la realidad en vehículo de creación, y la creación en cauce de realidad. Respira su obra esta misma necesidad de ordenar el mundo, dando inevitablemente pie a un vasto sistema no solo de mapas sino de modos y formas insospechadas de seriar, catalogar y hasta cronometrar, articuladas entre sí, con el propósito de abarcar la mayor porción de realidad posible.  

Debajo del Sombrero