Un coche circula por una autopista a una velocidad promedio de 110km/h. Un tren rueda por las vías a una velocidad de unos 100km/h. El paisaje que se ve desde la ventanilla de un vagón de tren reúne una información de aproximadamente 50 tipologías de casas, descampados, arbolado, edificios y elementos de carreteras como señales de tráfico y biondas. El dióxido de carbono dentro de un coche con las ventanillas subidas, durante una hora y conducido por al menos una persona, es de en torno a 1800 ppm, mientras que si hay tres personas puede ascender a 4560ppm. En un día, el paso de unos 30.000 vehículos puede equivaler a cientos de ejes de 80kN, desgastando el asfalto en una cantidad apenas visible, del orden de unas pocas micras. Tras seis meses de tráfico intenso, una fisura de pocos milímetros en una carretera puede exigir una reconstrucción que resultará invisible desde un coche a 110km/h. Será una cicatriz perfecta. Llegas al trabajo.
Sales del trabajo. La red de carreteras está compuesta por un entramado de carriles que recrean los canales de las células para transmitir información de manera ultra eficiente. El asfalto contiene hidrocarburos que también producen ciertos microorganismos y algas. El paisaje es un continuo discontinuo desde un asiento a velocidad constante. El marco de la ventanilla del tren reformula el tiempo de reacción ante un obstáculo o mancha. Llegas a casa.
Sales de casa. El murmullo del tráfico es el murmullo del mar. Parpadeas por una centésima de segundo mientras conduces y escuchas el océano. Las nubes son glitches. Los pies comienzan a sentir el asfalto. La carretera está completamente vacía, desolada, pero sigue transmitiendo información, restaurándose, creciendo. Los coches se descomponen en sonido y en partículas que flotan en el aire, un ritmo nítido que se respira: pac, pac, pac, pac, pac. Un vacío y nuevos edificios aparecen a ambos lados. Llegas al trabajo.
Rebeca Malcon, analiza los datos de la experiencia cotidiana para devolvernos una configuración alienígena de la ciudad, que nos ordena y fagocita con cada amanecer y cada anochecer, en un mecanismo armónico imparable. El duro páramo de asfalto se torna hogar, creado a partir de un preciado compuesto de vida y multiplicidad. La velocidad se transforma en una nueva perspectiva del mundo y el sonido se establece como línea divisoria entre las fronteras de ciudad, casa, campo y carretera. Cada una de las cinco obras que forman esta exposición, representa un proyecto autónomo cerrado, que la artista concibe como un sistema complejo, repleto de cifras y códigos. Cada obra nos exige entrar en ella, comprender sus claves, aportar nuestra experiencia y sumarnos a una resonancia que quizá no comprendamos del todo pero que nos atraviesa y re-conecta con el mundo.
Jorge de la Cruz
Agradecimientos:
A Paula Terrazas Martínez y al Dr. Álvaro Monago Sánchez por abrirme las puertas del laboratorio y permitirme observar un mundo mucho más pequeño.
A Belén Manuel Narros por enseñarme el arte de la conservación desde el cuidado y el detalle.
A Adrián M. Tager por escuchar y documentar conmigo el rumor de la carretera.
A César Cabrera Díaz por su trabajo con la cámara, y por preservar la memoria de esta exposición.
A todas las personas que habéis estado a mi lado durante este proceso, gracias por acompañarme en este y en todos los viajes.